Miedo y odio

…no hay lugar para auto-justificarnos y convencernos con discursos super razonados, históricos, políticos, religiosos que intenten amparar nuestras acciones provenientes del odio y el miedo.

Podemos construir otras vías de entendimiento y acercamiento. Podemos dejar de justificar la separación y la división entre los humanos como un medio de entendimiento, explicación y resolución de los conflictos. No permitamos que el miedo y el odio sigan generando narrativas, que se constituyan como las fuentes de nuestras acciones y explicaciones. Hay otra manera. Podemos construir narrativas que unan, que abracen el dolor del otro, que nos acerquen y dignifiquen en las diferencias y particularidades de cada uno. Podemos vernos con ojos que humanicen y nos devuelvan nuestra interrelación vital. No somos ajenos, no somos enemigos, somos simplemente humanos.

El odio y el miedo son experiencias subjetivas diferentes, las vivimos de manera diferente y lo que sentimos dentro es diferente. Sin embargo, las reacciones que derivan de esas dos emociones no siempre son tan diferentes. Uno puede golpear a alguien por miedo o por odio, puede rechazar, abandonar generar una ruptura y una ausencia por miedo o por odio. Puede incluso condenar a alguien por miedo o por odio.

Naturalmente son motivantes diferentes, que con el paso del tiempo iremos limpiando si es nuestro deseo ser libres. El dolor que acompaña a cualquiera de estás dos emociones es realmente insoportable, y por lo general nuestra tendencia es a proyectar la causa de ese dolor hacia afuera. Entonces la causa del miedo y del odio proviene de un agente externo del que me tengo que proteger y en lo posible eliminar para así eliminar el dolor. La proyección es un mecanismo muy profundo, y no será tratado en este momento, pero si queda mencionado como parte de este proceso. Hay otros mecanismos para lidiar con el dolor, de todas maneras, asumir el dolor y el sufrimiento y sanarlo es algo que nos lleva mucho tiempo y una gran madurez.

Aún así, necesitamos comprender que el miedo no se deshace con más miedo u odio, y el odio tampoco se disuelve con más odio o miedo. Estás reacciones emocionales tienen que ser tomadas y procesadas de otra manera. Vivimos en una sociedad traumada porque no puede y no se permite abordar estos temas directamente e inventa un sin fin de caminos laberinticos que no conducen a ningún lado (pero entretienen y alivian por un rato).

Si deseamos ser libres, podemos dedicarnos con paciencia y amor, a construir alternativas para procesar el dolor que no generen más dolor. Respuestas que no condenen, qué no separen, qué no generen más enemigos. ¿Quién puede dejar de sentir dolor si sus razonamientos lo conducen a estar solo, a ser mártir o víctima, a ver enemigos por doquier? Separar y condenar no puede ser la solución.

No podemos justificar nuestras acciones en base a estas emociones, menos aún justificar nuestros razonamientos. A veces se alega que «lo que hago es porque el otro hizo», «tu me hiciste hacer». ¿Qué clase de razonamiento es este sino de alguien que ha quedado cegado por la situación, «perdiendo su voluntad» diciendo que la causa de sus acciones es otro? Vivimos en una sociedad que fantasea con que las causas de nuestras experiencias subjetivas, de lo que sentimos y pensamos es externa, a la vez que confunde el condicionamiento cultural con una cárcel impenetrable, cuando es algo completamente poroso. Jamás odie a alguien por el color de su piel, tampoco lo amé más por el color de su piel. Nunca fue un parámetro para encontrarme con una persona. Otros lo viven de manera diferente, y es evidente que no es la piel lo que provoca las reacciones, sino lo que se ha codificado y proyectado sobre ese «evento» o circunstancia.

Con todo esto, lo único que quiero decir es que no hay lugar para auto-justificarnos y convencernos con discursos super razonados, históricos, políticos, religiosos que intenten amparar nuestras acciones provenientes del odio y el miedo.

Qué vivamos situaciones que provoquen esas emociones es una cosa, que son motivadores diferentes también, aún así, no quiero que formen parte de mi discurso y de mi relato para construir una visión del otro, del mundo, de mí mismo. Puedo abrazar el dolor, el sufrimiento, el miedo y el odio, pero no puedo construirme en base a ellos, son parte, pero no son la base. Así mismo, lo pienso para las sociedades. No se puede construir una sociedad armónica en base a estás emociones, percepciones, razonamientos, etc.. Tampoco se las pueden excluir, simplemente hay que darles el lugar que merecen, aceptar la información que traen de nosotros, el mensaje que vienen a darnos.

Sigo sin comprender como en esta época se sigue llamando a la guerra o a la violencia y el castigo como medidas de solución a los conflictos que se nos presentan. Sinceramente quedo anonadado de tantas personas elegantes que solo llaman a más fuego para el fuego. Y aún me preocupa más que esto no cause ruido. Me preocupa que con tantos avances sigamos emocionalmente tan primitivos, siendo marionetas del miedo y del odio, de los discursos que separan, que condenan, que reprimen, que llaman a la lucha y el combate por la justicia olvidando que ese combate y esa lucha generaran más injusticia. Se habla de crímenes de guerra, porque ya nos hemos convencido de que la guerra «es» como Dios «es», y ya no podemos ver que la guerra contra otro en sí misma es un crimen. No lo entiendo. ¿Cómo es que nuestros eruditos invierten en el castigo y la separación cuando nos hablan de paz?

Voy a seguir abogando por la humanidad, no he perdido la esperanza ni la convicción de que el humano es un ser maravilloso. Tan maravilloso e inocente que parece un niño indefenso tratando de apagar el dolor con más dolor, porque ciertamente no sabe qué hacer.

Tampoco yo se que hacer, apenas me he dado cuenta de que esa ecuación no funciona. Apenas vislumbro que hay una salida, algo que se nos ha enseñado por tanto tiempo y se ha mal interpretado de tantas formas que ya nadie quiere tocar esa idea, parece sin fuerza, débil, pero no lo es. Aún así, cada uno tiene que descubrir su fuerza y comprenderla a su manera, porque no hay discurso que la explique. Se le ha dado muchos nombres, pero cuando estás frente a otro ser humano, desnudo, despojado de tus condicionamientos y lo puedes ver a él o ella de la misma manera, aparece, y en ese mismo instante te dice lo que es. Y cuando lo hagas nuevamente, te dirá lo que es nuevamente. Y en algún momento entenderemos, y nos apreciaremos libres, por la humanidad que compartimos, la cual es un valor en sí mismo.

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