Las emociones y el mundo emocional. (parte 1)

Estas ideas pretenden ser simplemente una puerta abierta al pensamiento y exploración de esta dimensión de nuestra experiencia. No busco ni definir, ni decir la verdad de algo, solo observar y aprender.

La emoción es la que une el pensamiento con la acción, es de alguna manera el combustible que da potencia a la acción. No es lo mismo decir “te quiero” con la emoción real, que decir “te quiero” sin sentirlo. Notamos la diferencia.

Si bien en Un Curso de Milagros se plantea dos emociones centrales, amor y la ausencia de este, es decir, miedo, ambas son la raíz de todas las demás. Las expansivas surgen del amor, las contractivas del miedo. Cuando decimos expansivas, tiene que ver con aquello que nos abre, nos lleva a conectar y relacionarnos de una manera nutritiva con los demás, sentimos la vida fluyendo, y así la paz, la alegría, la unión son resultados naturales. En cambio, en la contracción lo que hay es una retracción, un repliegue sobre sí mismo y un cerrar las puertas, un rechazo a lo otro. De allí surge la sensación de soledad, impotencia, y por ende el miedo, la culpa, la carencia y la duda son sensaciones normales.

Las emociones siempre están relacionadas con creencias, su base son los pensamientos. Si pensamos que tal persona es buena, nos alegramos al verla, si tal persona es peligrosa sentimos alerta y preocupación. Y a partir de allí generamos una predisposición a la acción, la cual va a estar alimentada de la emoción que hayamos cultivado. Cuánto más cultivo, la acción será más contundente, ya sea de expansión o retracción. Piensen en esas situaciones que nos guardamos lo que sentimos, no lo expresamos y “aguantamos” esa situación por años, en algún momento explota, y de esa manera por años hemos cultivado una emoción y surge con la potencia que surge. Las emociones son energía, por ello no tienen que ser reprimidas sino expresadas y canalizadas correctamente. Lo que aprendemos es a cultivar las emociones, a elegirlas, no a no tenerlas. Cuando las tenemos, aprendemos a encauzarlas.

Las emociones son muy nuestras.

Las emociones son muy variadas, sin embargo, tienen algunas características esenciales.

No tienen edad, uno puede llorar a los 50 como un niño, y puede conectar con una emoción reprimida-no expresada de niño, por ende lo que necesita salir es justamente eso. Ese momento quedó congelado en nuestra mente-corazón-cuerpo y por ende, al descongelarlo, lo primero que emerge es aquello reprimido con su forma e impronta original, su necesidad y su pedido, con su carga y lenguaje. Luego, lo podemos ir integrando y resignificando, y así le vamos dando un nuevo sentido, se va transformando esa información acomodándose a mi momento presente.

Otra característica es que es energía pura, no tiene moral. Las emociones no son ni buenas ni malas, ni puras ni impuras, son simplemente una expresión de nuestro sentir en un momento dado. Al ser energía, lo que buscan es un medio de expresión, las emociones “quieren ser expresadas”. Si bien se formulan en el crisol interno, una parte de ellas quiere ser expresada (nunca toda ella, algo siempre queda en nosotros, en la intimidad de nuestro Ser).

Por ello reprimirlas no es una vía sana, pues la energía permanece hasta que sea utilizada. Solo se puede transformar, no se puede eliminar. Por ejemplo, me pego con un martillo fuertemente en la mano. A consecuencia de ello, grito, siento el dolor, tal vez llore o me enfade por la frustración, etc. En el correr de los días el dolor continúa, pero ya no necesito gritar, ya grité en su momento y en el momento correcto, ¿verdad? Sí ahora miro mi mano y grito porque ayer no grité, ¿sería algo raro verdad? Tampoco lloro, ni estoy enfadado, solo tengo cuidado con mi mano, soy respetuoso de los tiempos de curación y no me exijo ni expongo a situaciones que coarten la curación. Así, en unos días, sanaré completamente y podré tomar el mismo martillo, con más cuidado y atención para hacer lo que necesite hacer.

Este simple ejemplo muestra un proceso más o menos normal, sin mucho detalle. Sin embargo, clarifica muchos de los puntos que a nivel emocional se nos confunden y se trancan por la gran distorsión e ignorancia con la que nos manejamos frente a nuestras emociones. Pensemos ahora no en un martillo, sino en que nuestra pareja nos engaña, o nosotros engañamos a nuestra pareja, o que un hijo nos ve como mal padre o mala madre, o un jefe en el trabajo abusa de su poder, o un compañero de estudios nos roba la tarea. “¿Gritamos” en ese momento? ¿Nos permitimos expresar la frustración o el sufrimiento que surge o lo reprimimos y lo ocultamos? Tal vez lo intelectualizamos y damos razones para explicar lo que está sucediendo o lo espiritualizamos y decimos que todo es perfecto, etc., etc., pero no gritamos, tapamos el dolor, la frustración, la sensación de ser inadecuado o de pérdida, y así pueden pasar años, y esa emoción reprimida sigue dentro, sin verse, sin aceptarse, sin expresarse, creciendo en la oscuridad y el exilio. Nada bueno puede surgir de esta actitud. Y resulta que en algún momento, por alguna tontería, explota y sale todo un maremoto de cosas que no tiene nada que ver, y grito 10 años después del golpe, y lloro y me deprimo 6 meses en vez de una frustración de unas semanas. ¿Lo pueden reconocer? ¿Les ha pasado, o le ha pasado al amigo de un amigo?

Ante todo y desmitificando, sacándole peso de juicios, ya sean morales o religiosos; todas las emociones son muy comunes y normales, todas. Eso es lo que tiene ser un ser humano. No solamente tenemos pies y cabeza, también emociones, y así como todos tenemos un corazón que late, todos tenemos más o menos el mismo bagaje emocional, el cual podemos cultivar. A su vez, con las tradiciones y la cultura se va reconduciendo en un sentido u otro, pero nada más. No nacemos sin corazón, y tampoco sin emociones.

Ahora, ¿qué vamos a hacer con ello? Parecen incontrolables solo porque les tenemos miedo, y sí, son intensas, de alguna manera son la dimensión que da profundidad en la experiencia. Y si las aceptamos, nos sacuden, tanto en el sufrimiento como la felicidad. Tocamos el fondo, la desesperación, la soledad y el infierno, así como el éxtasis, el cielo y la unidad. Lamento, pero esto no puede ser de otra manera… Es cómo que te inviten a una fiesta y tener un banquete delante y tú solo comes de dos platos. ¿Verdad que es una imagen disonante? ¡Y más si la fiesta y el banquete son tu vida! Imaginen: solo voy a experimentar un poquito de esto y un poquito de aquello, todo lo demás no lo quiero, me da miedo, no sé qué va a pasar si lo toco y como de ello.

Por ese miedo, por esos juicios, hemos cortado nuestra relación con las emociones, y hemos empobrecido nuestra experiencia. Y para justificar esto, atacamos a los que se permiten sentir, y les decimos que eso está mal, que no se llora, que hay que aguantar, que esto y aquello. No hay permiso para sentir lo que siento. Y eso es un gran dolor que padecemos como sociedad. Nos fragmenta y nos vuelve extraños ante nuestros propios ojos, porque esa energía sigue ahí, pero no la podemos usar, no la comprendemos y le tenemos miedo, y aun así sigue siendo nuestra.

Más allá de todo, la mesa sigue servida… Y tal vez, algunas cosas se pudran, pero no porque en esencia eran malas, sino porque las rechazamos. Y un plato vacío qué sería llenado nuevamente con alimentos frescos, solo se quedó allí, pudriéndose, trayendo bichos a la mesa, expulsando olores y contaminando el ambiente. Tal vez las pruebes y no te gusten, tal vez no llegues a probar todo, pero en esencia no rechazaste el banquete, eso mantiene el espíritu de la fiesta y los alimentos siguen allí en buen estado, disponibles, sin molestar.

No es que vamos a experimentar todo, es simplemente que no estamos juzgando nada. Y naturalmente nos inclinaremos hacia aquello que nos es armónico, en consonancia con nuestro contexto, con nuestro sentir más genuino.

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