Las emociones y el mundo emocional (parte 2)

La intensidad de las emociones, la profundidad de la experiencia y el vértigo.

Las emociones son intensas, sí. Qué se hace con la intensidad, nada. Te rindes y humildemente la invitas a entrar y dejas que te sacuda.

Se ha intentado por varios medios evitar la intensidad, pues naturalmente nos desborda (y esto es natural como parte del crecimiento). No por algo uno de los símbolos de las emociones es el agua. Es muy difícil de contener y siempre se filtra por algún lado, disuelve incluso las rocas más sólidas, y si la dejas, fluye naturalmente y da vida. Si la retienes estancada, comienza un proceso de descomposición. También puede ser volátil como el vapor y quemar, así como volverse fría, punzante y rígida.

Aun así, se intenta contener, reprimir, y adormecer con toda clase de distracciones. Es claro, cuando llega una ola grande, puede causar destrozos. Los cambios no son fáciles, y las emociones son la fuerza de ese cambio, son fuerza de movimiento. Si bien el pensamiento es el que da dirección y sentido, las emociones le dan potencia, pues cuando uno piensa en el malestar solo está ejercitando su reflexión, ahora cuando uno siente malestar, busca cambiar ese estado, busca cuando menos un alivio, es impulsado a un accionar.

Nos hemos entrenado muy bien en controlar y reprimir nuestros pensamientos, y la jaula de monos que tenemos ahí arriba, ya no nos importa tanto lo que está pasando. Es casi territorio perdido, pues es un bullicio constante. Pero claro, con el simple hecho de dirigir nuestra atención hacia afuera, ocupados en nuestros quehaceres, viendo y juzgando lo que pasa en el exterior, pensando acerca de lo que otros hacen o deberían hacer, mirando al mundo y sus disparates, pareciera que la radio interna sonará de lejos sin mucha interferencia. Con solo ir cinco minutos a un lugar apartado, cerrar los ojos y respirar profundo, volvemos a ser conscientes de que la radio sigue ahí, escupiendo un sin fin de preguntas, juicios, culpabilizaciones, imágenes en forma de preocupaciones, problemas no resueltos, e inmediatamente la cabeza y el pecho empiezan a vibrar, y cerramos. Un minuto treinta es más que suficiente, volvamos al trabajo, veamos el celular.

A las emociones le hacemos algo parecido, y la sensación de soledad se disipa porque me voy para afuera de mí, a resolver algo que también es mío, porque es importante trabajar, estudiar o lavar la cocina, sin duda, pero no más importante que mi integridad. Sin embargo, me voy de mí, y ese miedo que me da tomar una decisión postergada, veo que se aleja, que ya no me oprime el pecho, la ansiedad baja y me siento mejor. Entonces pareciera que alejar las emociones y olvidarse de los monos es bueno, porque nos sentimos mejor. Pero los monos siguen gritando y las emociones clamando por ser reconocidas.

Claramente, como todo, se requiere un aprendizaje, un entrenamiento. Uno no aprende a caminar en un día, tampoco a leer y escribir en un día; sin embargo, lo hemos aprendido. Con ayuda de otros, en contexto y con nuestro deseo y dedicación. Aquí es lo mismo. Esos monos podrían dejar de ser chillones, y hasta tal vez alguno de ellos convertirse en zorzales, la jaula incluso podría desaparecer. Y las emociones, a pesar de que algunas sean olas gigantes, aprender a que no destruyan más de lo que tienen que destruir. Porque a veces necesitamos llegar a un “¡basta, no quiero más esto en mi vida!”, para que algo cambié realmente. A veces se tiene que romper algo para que por fin tome la decisión que temía.

Y aquí es en dónde nuevamente soltamos un manojo más de juicios para poder recibir libremente la sabiduría implícita en el proceso vital. ¿Díganme si tener pies y cabeza no es algo maravilloso, unos ojos y manos con las cuales hacemos tantas cosas? ¿Acaso no hay sabiduría allí, en ese diseño? ¿Por qué no entonces en un ser que es autoconsciente y puede pensar y sentir emociones? En las hojas de un árbol hay una inteligencia, en la rotación de los planetas, hay una inteligencia, un diseño que incluso podemos reconocer como leyes. ¡Ha, pero las emociones no, son muy complicadas!, incontrolables y a veces duelen mucho, ahí no hay inteligencia, mejor suprimir. ¿Verdad que no es sensato?

Tal vez sería más sensato, así como estudiamos el funcionamiento del universo, así mismo deberíamos estudiar nuestro funcionamiento, pero sin juicio. Claramente, se ha estudiado nuestro funcionamiento, pero en muchas oportunidades se ha manipulado en función de la concepción de bien y mal, religioso o moral, y ello ha ocasionado mucho daño.

Profundidad en la experiencia

A nuestro mundo emocional también lo podemos ver como una vasija, es decir, como un recipiente. Puede ser de muchas formas, con paredes gruesas o porosas, grande o pequeño, de diversos materiales, etc. Sin embargo, así como sea esa vasija, así podrá contener. Sí es pequeña, contendrá poca agua y se desbordará con facilidad. Si su boca es muy pequeña, habrá dificultad para que algo entre o salga, y así muchas características más. Aprender a ensanchar nuestro mundo emocional, es lo que de alguna manera tiene más sentido para nuestra libertad (esto también aplica para nuestro sistema de creencias, pero es otro tema).

Cuánto menos estemos dispuestos a tomar de la vida, menos vida experimentaremos, cuánto más, más experimentaremos, y así se expresará nuestra libertad. Pero la vida no juzga a la manera humana, simplemente «se da y es», con todo lo que eso supone. Un atardecer no es mejor que un amanecer, así como el frío o la lluvia, un desierto o la selva. Ahí están, y suceden, la selva es plenamente selva como el océano plenamente océano. Quieres vivir una relación íntima, amorosa, pero con algún «pero», como si a la selva hay que sacarle los mosquitos porque no me gustan, y algunas de esas enredaderas que cortan la visión, y mejor si ponemos unas flores y tunas. Verdad que si hacemos eso, en realidad no queremos ir a la selva. Y si en una relación íntima, no queremos exponernos, ser honestos, dejarnos tocar, en realidad no queremos una relación íntima. Entrar y ser plenamente es liberador.

Como dijimos antes, las emociones nos pueden sacudir, ya sea por enamoramiento o el fin de algo amado. Y esto tiene su inteligencia, su razón de ser. No es para que reclamemos a la vida lo mal que nos trata, sino para que nos demos la oportunidad de ensanchar la vasija. Tal vez las paredes eran muy gruesas o finas, tal vez poco espacio había en ella, pero sin duda que lo que vivimos nos da la oportunidad de reordenarnos internamente, descartar lo que ya no queremos y hacer espacio para lo que sí. Una cosa es clara, comprender que la vida es intensa y siempre nos desafía, es un gesto de humildad. Cuando un ser querido parte, sin dudas hay una sensación de vacío, pero es natural, casi nadie aquí en la tierra vivirá sin tener esa experiencia, y en varias ocasiones. Entonces, ¿cuál es el problema, que no seamos cuerpos inmortales o que no queremos aceptar y asimilar lo obvio?

A veces, la forma en que se desatan esos procesos tal vez no es la más querida, pero sin duda es la perfecta, porque con esa situación tal cual se presenta, tengo todos los ingredientes para forjar algo nuevo. De lo contrario, podré lamentarme, quejarme, y esperar unos cuantos años hasta que se desvanezca esa sensación para que otra persona venga a activar la herida, porque mi vasija sigue siendo la misma, entonces lo que voy a vivir es lo mismo, solo que con otras personas, en otro lugar y un poco más viejo/a y gruñón/a.

¿Es eso lo que queremos? Tomemos lo que es nuestro, aprendamos de nuestros aciertos y errores, vivamos las experiencias como vida en sí misma, sucediendo a través de nosotros. No hay parámetros de bien o mal, está aquello que me brinda más libertad de ser y amar y aquello que me limita en mi capacidad de ser y expresarme, lo cual en su aceptación también está la posibilidad de reconvertir parte de su energía como enseñanza. Nada más. Y lo más normal es pasar por uno y otro de los lados casi que en continuo zig zag.

Esto da vértigo, sí, la libertad da vértigo. La libertad de ser, de sentir, de explorar e investigar nuestra humanidad da vértigo. Es un no saber, pues estás ante un infinito de posibilidades, estás descubriéndote a ti mismo, lo cual es un acto de valentía. No leíste en un libro lo que eres, no te dijeron, ni siquiera lo que tus padres desean, tú lo estás descubriendo y creando, claro que da vértigo.

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