La percepción se deriva de los juicios. Habiendo juzgado, vemos, por lo tanto, lo que queremos contemplar. Pues el único propósito de la vista es ofrecernos lo que queremos ver. Es imposible pasar por alto lo que queremos ver o no ver lo que hemos decidido contemplar. ¡Cuán inevitablemente, pues, se alza el mundo real ante la santa visión de aquel que acepta el propósito del Espíritu Santo como aquello que desea ver! No puede dejar de contemplar lo que Cristo quiere que vea, ni de amar con el Amor de Cristo lo que contempla.
Mi único propósito hoy es contemplar un mundo liberado, libre de todos los juicios que he emitido. Padre, esto es lo que Tu Voluntad dispone para mi hoy, por lo tanto, no puede sino ser mi objetivo también.
Comentario:
Para ver un mundo perdonado, debo perdonar los juicios que he emitido, pues en ellos reside toda condena, y todo el dolor que percibo. Tal vez no comprenda cuán profundo es el mecanismo por el cual, mi percepción se define, sin embargo, hay algo muy claro y simple que puedo aceptar y elegir: ¿qué pensamientos quiero albergar?
En mi mente, sólo deseo albergar los pensamientos que pienso con Dios, todo lo demás, tiene que ser abandonado, pues todo lo demás, carece de Su Amor, y no es eso lo que deseo ofrecer en el altar santo de mi mente.
Simplemente aceptando su falta de valor y reconociendo que sólo lo que comparto con Dios, a través del Espíritu Santo, ofrece perfecta seguridad y perfecta paz.