LECCIÓN 239. Mía es la gloria de mi Padre.

No permitamos hoy que la verdad acerca de nosotros se oculte tras una falsa humildad. Por el contrario, sintámonos agradecidos por los regalos que nuestro Padre nos ha hecho. ¿Sería posible acaso que pudiéramos advertir algún vestigio de pecado o de culpa en aquellos con quienes Él comparte Su gloria? ¿Y cómo podría ser que no nos contásemos entre ellos, cuando Él ama a Su Hijo para siempre y con perfecta constancia, sabiendo que es tal como Él lo creó?

Te damos gracias, Padre, por la luz que refulge por siempre en nosotros. Y la honramos porque Tú la compartes con nosotros. Somos uno, unidos en esa luz y uno Contigo, en paz con toda la creación y con nosotros mismos.


Comentario:

No dejes que la pesadez del ego te sumerja en ilusiones acerca de ti mismo. No creas en su veredicto. No aceptes sus ideas como las tuyas. Y pide la fortaleza a quien te la puede proporcionar. Después de tanto tiempo percibiendo falsamente, necesitas guía y certeza proveniente de un lugar nuevo en tu conciencia.

El Espíritu Santo está esperando a que le solicites todo cuanto necesites. No se demorará en dártelo, pero el no responde a palabras, sino al deseo profundo. Por ello, desea que la voluntad de tu Padre te sea restituida, para así conocerla y conocerte. Él es tu Fuente, y todo lo que eres y necesitas realmente, proviene de Él. No te confundas con la pequeñez del ego, y acepta la grandeza del Espíritu.

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